UM DOS TRES CONTOS GANHADORES DO CONCURSO
SANGRE EN EL ASFALTO
María Josué Saintus
(Venezuela)
Aquella tarde no paraba de llover. Llovían gritos que inundaban el
silencio. Llovían consignas que se ahogaban en el río Guaire, en su
suciedad, en su color y en su olor. La gente llenaba las calles y
avanzaba, avanzaba, siempre hacia delante. Ni un paso atrás, decía,
y avanzaba hacia su propio final. Fueron a encontrarse con las balas,
a inmolarse, a sacrificarse por lo que consideraban la democracia.
Fueron, pero no vinieron. Salieron, mas no volvieron. Quedaron bajo
el puente, frente el liceo, cerca de la esquina, en plena avenida,
ante la mirada indiferente de los peatones. Sus cuerpos quedaron
allí, cubiertos con una bandera tricolor, de siete u ocho estrellas,
que no pudo ser escudo para protegerlos. Las balas traspasan el
escudo aunque el caballo gire a la derecha o a la izquierda. La
muerte no está a los lados, está delante de cada uno de nosotros,
esperándonos cada vez que marchamos, que nos expresamos, que
protestamos. Ella nos espera para llenarnos de recuerdos, de lamentos
por nuestros muertos, por los seres queridos que perdimos en aquella
primavera sangrienta, en aquella tarde de muerte que nunca
olvidaremos.
Todavía conservo el recuerdo febril de aquel día de
abril, cuando la mujer encinta, terriblemente sorprendida, con los
ojos muy abiertos, se arrodilló, colocó sus dos manos sobre su
vientre y gritó con todas sus fuerzas, mientras la sangre y la leche
brotaban de su pecho. La sangre manaba a raudales y con ella se iba
su vida y la de su hijo aún no nacido. Quedó en el suelo tirada
esperando que alguien la ayudara. En la foto que publicaron en el
diario pude ver la imagen que quedó grabada para siempre en su
mirada: la imagen de Caracas y sus cerros pintados de rojo, la
imagen de Caracas ensangrentada, de la sangre derramada en el
asfalto, la sangre de los hombres y mujeres que, desgraciadamente, no
pisaran sus calles nuevamente.
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Caracas |
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